Reseña:
Las ventanas son para destripar paisajes
Esmeralda Calíope
Lo que Jodorowsky evoca en el cine y Moebius en la ilustración, Esmeralda Calíope lo logra en su prosa.
En su prólogo, Esmeralda Calíope afirma, siguiendo a Bolaño, que “el valor de la literatura no es el qué se narra, sino el cómo.” El resto del libro demuestra que, en el caso de esta joven escritora, esto se cumple a cabalidad. El trabajo que hace con el lenguaje es potente y rico en imágenes, con una creatividad y un manejo de la lengua que muchas veces se echan de menos en la literatura actual.
Para dar tan solo un ejemplo, Calíope escribe sobre un “cielo cremoso, ceniciento, casi grasoso, cuya condescendencia celestial murió asesinada dos guerras nucleares atrás.” En pocas palabras crea una imagen vívida mediante la combinación de significantes que, antes de encontrarlos juntos en una página, difícilmente habríamos imaginado asociados (como cielo y grasoso) pero que, una vez en el papel, evocan con precisión el firmamento que la autora quiere evocar.
Por otro lado, “el cómo” narra no se agota en estas descripciones de aquello que observamos cotidianamente de una forma absolutamente novedosa, sino que de manera surrealista lo expande al mundo interior. Así, algunos pensamientos flotan “en el aire en forma de vapor”, hay emociones que se asemejan a un “fantasma asfixiante” e incluso un “campo infinito de promesas sin cumplir”. En su obra lo abstracto adquiere cuerpo, el espíritu se encarna en verbo.
Su propia biografía atraviesa también la obra, dándole un carácter particularmente singular. Lo trans aparece en partes del cuerpo que no se reconocen, que se cortan, que se modifican mediante biología o tecnología; también aparece de formas más sutiles, como en la interrogación sobre el nombre propio, usualmente elegido por otros, pero no así en este caso. Cuando otros dudan del nombre de un personaje, este piensa para sus adentros: “como si se me hubiera olvidado el nombre que elegí para mí mismo.” La identidad, en distintos cuentos, aparece no como algo a ser meramente descubierto, sino algo que puede ser elegido, construido, transformado y defendido.
Su experiencia como violinista se filtra también en la prosa, a veces de forma inesperada, como la imagen de un “contrapunto que comienza a aparecer, y cada corchea brota de su nariz.”
Al terminar los “Cuentos”, queda la certeza de haber leído algo que no reinventa la realidad como mero artilugio, sino que la transforma para hacer visible algo que antes no estaba allí.
El último sexto del libro contiene “Cartas” donde el lenguaje se vuelve más coloquial pero no por ello menos potente. Cada misiva está dirigida a una persona diferente y es redactada por distintas plumas, abriendo así una perspectiva distinta. Cada una sirve como una ventana que destripa un paisaje. No para dejarlo sin órganos e inerte, sino para reordenarlos y darle nueva vida.
Quizás ahí reside la particularidad de la escritura de Esmeralda Calíope. Sus ventanas no están hechas para contemplar el mundo, sino para abrirlo.

